Un café más tarde ya estaba en la compu revisando mi asistente de vida social –Facebook- aunque no puedo inventar mucho debido a mi limitado presupuesto, busco cualquier escusa para golpear mi maltratada tarjeta de crédito, con tal de no desperdiciar un sábado no-laboral.
En la tarde asistí a clases de alemán, en el salón cuatro gatos y dos perros somnolientos ansiosos de libertad, cama y silencio. El profesor con un acento mayamero en las pocas oportunidades en que soltó el castellano. El día largo, el sueño profundo y la jaqueca idiomática culminó a las 5: 30 pm exacto, hasta en eso son jodidos estos pity-yankys germánicos.
Al salir nuevamente a Venezuela, acudí al encuentro con una gran amiga, una estudiante de artes plásticas que tras súplicas y ojitos de perrito hambriento, accedí ayudarla con su trabajo de arte sonoro, -mas que ayudarla, era la utilización de mi cámara de video- cuya pauta era realizar una pieza de “ruidismo”, que en medio de mi ignorancia me pareció que en una ciudad como Caracas, no sería mayor reto, me equivoqué.
La noche cayó de golpe y sin saber qué hacer decidimos ir a los chinos para hablar idioteces entre verdes, azules y lumpias. El tiempo nos mateó sin previo aviso, las 9:30 pm ya, ella pendiente de estudiar, yo de un bonche, -estoy pasando la crisis de los 27, es comprensible ¿verdad?- a falta de quórum decidimos irnos a casa, no inventar y disfrutar del ventilador dar vueltas en el techo en la habitación. Justo cuando nos despedíamos, de la nada aparecieron dos chicas, una prima de mi amiga, de esas primas que nunca ves, rara vez se hablan, pero si se encuentran en la calle montan un show de Laura en América, como dos hermanas separadas al nacer, la otra chica igual emperifollada y visiblemente enbonchinchada. Sin Red bull, ni pensarlo dos veces accedí y arrastre a mi amiga a aventurarnos a empinar el codo donde nos coo.. agarre la noche.
Greenwicht o cómo se escriba, otro lugar que frecuento, adulto-joven, viejo-inmaduro, latas van, latas vienen, -de cerveza me refiero, ojo- junto con mensajes a mis amigos de invitación, estatus rumbísticos, reporte de la movida nocturna de bajo presupuesto y principalmente cuadrar un carro.
Poco tiempo después, Gaby apareció, una despampanante morenaza amiga de toda la vida o por lo menos antes de mi ortodoncia y sus siliconas. A su lado su clavo de turno ya oxidado, a quien la música de los 80´s en el local, le recordaba nuestra edad, de poco hablar pero de mucho pagar.
Menos de una birra nos tomó llegar al Maní es así, y si creían que yo no tengo cara de frecuentar tal ícono de ciudad capital, están en lo cierto, pero accedí para variar, cambiar de ambiente, y porque estaba cerca del Mullan Ruege, mi plan B si la cosa llegase a ponerse panzón.
Frustrada, molesta y desubicada estaba mi amiga artista sentada en unas mesitas de jardín dentro del local, los precios no eran nada solidarios pero la atmósfera te transportaba hacia otra época, otro país, uno más tropical y caluroso que el nuestro. Observaba los cuadros desgatados en la pared, las estructuras lucían perenne en el tiempo, los presentes incluso vestían prendas coloridas, y boinas - a lo Habana, no a lo chavista-, el sonido en vivo de melodías tan viejas y tan vivas me invitaban a mover un pie y atreverme a mover las células latinas que debo tener tras 27 años de arepa, café de calidad y muchas botellas de ron.
Ahí estaba yo, en el medio de la pista del Maní intentando bailar salsa, coraje, valentía, borrachera, como lo quieran llamar, con tal, con la pinta que tengo y la cara de pendejo que Dios me dio, sólo tengo que fingir un acento extraño, tan extraño como un alemán bailando salsa para excusarme por mi falta de ritmo y sazón.
El domingo es día de Dios, “!Dios qué ratón!,¡Dios mío y ésta cosa quién es! ¡Ohh my GOD!.